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¿Tiene un euro contra la pobreza?

El siguiente texto es un diálogo entre dos ciudadanos que, a raíz de un encuentro casual, inician un apasionante diálogo sobre la lucha contra la pobreza. En el debate, las dos personas muestran sus opiniones sobre las mejores vías de acabar con la pobreza y también sobre la legitimidad y los límites de las acciones que comparten este objetivo.

El asistencialismo versus solidaridad, el vencer versus el convencer y la justificación del uso de la fuerza son algunas de las discusiones que entablan en su conversación. A pesar de que cada personaje defienda su posición, la intención final del texto no es convencer al lector de ninguna opinión concreta, sino de aportar herramientas que permitan una visión más amplia y plural, así como hacer notar algunas contradicciones del debate entorno a la pobreza y la desigualdad.

 

Jordi- Buenos días. ¿Tiene un euro contra la pobreza?

Eukene- ¿Disculpe?

J – Sí, mire, somos la organización Acabemos con la pobreza y estamos pidiendo ayuda a los ciudadanos para proporcionar alimento y un techo a las personas que más están sufriendo esta crisis. Por eso le pedimos sólo un euro.

E – Ah, está bien… Mire, lo siento, pero no confío en estas cosas. No porque no me crea que usted vaya a destinar mi euro a lo que dice. Pero darle un poco de pan a un pobre no saca esta persona de su situación. En todo caso haría falta es algo transformador…

J – Tiene razón, un euro suyo sólo menguará el hambre de alguien durante algunas horas, pero si primero usted, luego ese otro, después el de más allá, y así sucesivamente todos colaboramos, finalmente la persona podrá sobrevivir. Sabemos que existen problemas de sistema, de estructuras, etcétera. Pero si hoy, delante suyo, hay una persona que está hambrienta, ¿cómo puede negarse a ayudarla si tiene los medios para hacerlo?

E – Me negaría porque no estoy nada de acuerdo en este modo de actuar. Por supuesto, podré ayudarla momentáneamente; pero esta vía exclusivamente asistencial, calmará nuestra consciencia pero puede estigmatizar a las personas necesitadas. He oído gente que incluso llega a culparlas de su situación como mecanismo para evadir la incomodidad que les supone aceptar que haya tal nivel de pobreza en nuestra sociedad. Mientras tanto, todos olvidamos las causas que han llevado a miles de personas a no tener un techo bajo el que dormir.

J – De acuerdo, tiene razón, en la teoría. Su ideología es coherente. Pero hablemos ahora de la práctica. Se trata de la dignidad de estas personas. Mientras discutimos sobre estrategias y proyectos a largo plazo, podríamos haber ayudado ya a muchos. Y los resultados importan. Un pensador australiano, Peter Singer, asegura que si cada uno diésemos el 10% de nuestros ingresos a la causa, se podría acabar con la pobreza.

E – Mi respuesta es ¿Y qué hacemos con el 90% restante? Porque en realidad, cada vez más nuestras acciones y modos de vida están ligados a la situación de muchas otras personas. Si le doy ahora un euro, y los nueve que me sobran los dedico a especular con la vivienda, ¿estaré luchando con la pobreza? ¿No sería como dar un vaso de agua para apagar un fuego que yo mismo estoy avivando con otros vasos… de gasolina? Más que asistencialismo, es necesaria la solidaridad que nos una como iguales. De hecho, el asistencialismo viene promovido desde el propio sistema.

J – ¿Me puede dar algún ejemplo?

E –Sí, hace unos meses se celebró en Catalunya una “Maratón contra la pobreza”, en la cual ciudadanos anónimos aportaban dinero para apoyar proyectos contra la pobreza y la exclusión.

J – No me parece una mala idea…

E – …si no fuera porque está caridad se promovió desde las mismas instituciones oficiales que han recortado las ayudas más básicas. Y no solamente esto; las empresas patrocinadoras, que aprovecharon para hacerse una buena publicidad durante en aquella jornada, tuvieron unos beneficios 9.300 millones de euros en 2011. La caridad finalmente recaptada en la Maratón fue del 0,04% respecto estos beneficios. Son muy listos y saben como hacerlo para mantenerse en el poder.

J – ¿Quiénes?

E – Ellos. Políticos y banqueros.

J – Creo sinceramente que se simplifica demasiado al clasificar la población entre ellos, los malos, y nosotros, los buenos. Sin lugar a dudas, hay causantes de la crisis y personas excesivamente ricas. Pero si queremos superar nuestros problemas como sociedad en conjunto, habrá que convencer a todo el mundo de que una sociedad sin pobreza y con muy poca desigualdad es mejor para todos, además de moralmente superior.

E – Encuentro muy ingenuo este planteamiento. Un importante ejecutivo es indiferente a la moral. Por eso, para lograr una sociedad sin pobreza y poca desigualdad habrá que forzar al ejecutivo para que dé lo que acumula a quienes lo necesitan. Lo siento, pero me resigno a tratar sólo de convencer, hoy quiero vencer, vencerles, con la fuerza si hace falta. Sobran los ejemplos en que una lucha muy combativa ha dado resultados. La situación es injusta y nuestra pasividad nos hace cómplices.

J – Me gustaría decirle varias cosas. En primer lugar, nunca se debería negarse a tratar de informar a la persona poderosa, dando por supuesto su maldad de antemano. En segundo lugar, a los poderosos se les podría forzar legítimamente simplemente con leyes más justas que favorecieran la redistribución entre la población. Por último, no se puede caer en el error de pensar que no actuar por la fuerza o violentamente es sinónimo de pasividad. Existen multitud de formas de lucha no violentas como el boicot, la desobediencia civil, el sabotaje… con también importantes resultados históricos.

E – Al principio me decía cuan importante son los resultados. Usando su propio principio, le diré que hoy las leyes hechas por los mismos políticos poderosos, que están supeditados al poder económico. Son ellos lo que emplean la fuerza para aplicar sus medidas que polarizan la sociedad entre pobres y ricos. ¿Podemos esperar cambiar las cosas con los mecanismos que ellos proponen? ¿Si fueran estos mecanismos fuesen efectivos para la transformación, cree que permitirían que existiesen?

J – Como le explicaba, existen medios no-violentos para presionar. En cualquier caso, lanzar una lucha violenta, además de ser rechazable éticamente, no haría más que crear nuevos problemas y conflictos derivados de la represión, la ruptura social, el sufrimiento de personas inocentes…

E – Convendrá conmigo en que hoy existe ya represión, ruptura social y, como no, sufrimiento de muchísimas personas.

J – Por supuesto.

E – Bien, entiendo que una lucha estrictamente violenta no forzaría necesariamente el cambio y añadiría otros costes. Pero estará de acuerdo en que las herramientas pacíficas que usamos hoy no están consiguiendo la transformación deseada.

J – Tiene razón, también pienso que es necesario innovar en las formas de lucha para acumular fuerzas y tener una capacidad de presión real.

E – Exacto, mejorar la movilización social, extender el malestar. Esto mismo que usted dice es lo que hay que hacer.

J – Finalmente parece que nos hayamos puesto de acuerdo en algo… En fin, no le quisiera robar más tiempo; pero le aseguro que pensaré sobre lo que hemos hablado.

E – Yo también, siempre enriquece compartir opiniones con el resto de la gente. Que tenga un buen día. Y por cierto

J – ¿Sí?

E – Aquí tiene su euro.

 

 


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